La influencia de la música en los niños

El ser humano se ha preocupado de crear música, de rodearse de sonidos afines a sus gustos personales; multitud de estilos están al alcance de nuestros oídos: clásica, jazz, rock, new age… No obstante, condicionantes sociales y educacionales nos encaminan hacia unas variantes u otras, y ello determina la música de fondo que nos acompaña en los momentos especiales de nuestra vida, en el día a día, en nuestros momentos de soledad, compartiendo alegrías con amigos… en fin, la música puede ser nuestra mejor compañera si sabemos apreciarla como tal.

Estamos habituados a convivir con ella, pero ¿valoramos realmente hasta que punto afecta nuestros actos? La naturaleza, conocedora de este potencial, se ha encargado de que el oído sea el primer sentido que se forma en el feto. En el embrión hay un esbozo de oreja desde los momentos iniciales de la organización celular. Ya desde el cuarto mes de gestación, el Órgano de Corti (parte del oído interno donde se encuentran los sensores de los sonidos) alcanza su pleno desarrollo y, finalmente, en el séptimo mes, el feto reacciona a estímulos sonoros, reconociendo entre otros, la voz de la madre y músicas escuchadas periódicamente.

Se han realizado numerosos experimentos al respecto, especialmente con música clásica; un grupo de niños se calmaba automáticamente, dejando de llorar, al escuchar determinadas sonatas de Mozart que habían escuchado en el interior de la madre. Al cabo de quince años, provocaban aún una inmediata relajación en los adolescentes; tal es el carácter benéfico de la música.

El director de orquesta Boris Brott era capaz de ejecutar pasajes sin partitura, desconocidos para él, porque durante el embarazo se los había oído tocar repetidamente a su madre, que era violinista.

Por deducción de todo lo anterior, es obvio que la educación musical durante la infancia enriquece y condiciona totalmente las posibilidades de disfrutar ejecutando un instrumento o simplemente como melómano, pero aún más importante es la influencia que ejerce sobre la formación del carácter. Como profesora de filosofía y de música, esta cuestión siempre ha despertado mi interés y preocupación para poder colaborar en una correcta educación. Años de investigación y de búsqueda me llevaron al encuentro de un especialista en la materia: Edgar Willems. Este musicólogo y pedagogo suizo, a través de sus investigaciones y de modo admirable, propone un sistema musical que extrae del interior del ser humano la musicalidad. En su preocupación por unir elementos fundamentales de la música con los de la naturaleza humana, reconsidera el concepto de educación defendido por Platón y los pitagóricos, según el cual, la música -como formadora del alma- contribuye a una mejor armonía del hombre consigo mismo, con la naturaleza y con el cosmos.

El niño, tal como señala Willems, desde los tres años es capaz de recibir una formación musical metódica. Por supuesto, esto no contradice la idea de que la educación natural viene dada durante el proceso de gestación del futuro bebé, pero a partir de esta edad, los pedagogos pueden complementar la labor de los padres, preocupados por formar a sus hijos.

Esta primera etapa es fundamental y delicada a la vez, el niño está desarrollando su subconsciente con ideas, sentimientos y facultades que perdurarán, posiblemente, durante toda su vida; si esos primeros pasos son incorrectos, podemos encontrarnos con un futuro adulto incapaz de entonar, de disfrutar con la música y de sentir realmente la influencia que puede ejercer el sonido en su vida.

Generalmente, en el terreno musical se ha sistematizado la costumbre, imagino que por comodidad, de otorgar tan sólo la capacidad de ser músicos a niños dotados para ello desde el nacimiento. No entraremos en las ventajas de reunir estas condiciones, pero considero que limitar el campo de acción musical a este grupo es injusto para tantos otros que, con una buena formación, podrían haber sido educados (educar proviene de educir, «sacar de dentro») consiguiendo muy buenos resultados también. No todos los grandes músicos conocidos fueron un Mozart ni nacieron con grandes facultades; fue en base a una muy buena formación que pudieron educir y conquistar, por propio esfuerzo personal, grandes cumbres que jamás hubieran conquistado de no haber creído en la superación personal.

A modo de ejemplo, he tenido alumnos que entonaban bien desde el primer día de forma natural, otros en cambio, demostraban dificultades para imitar los sonidos. No hay que rendirse, sino ir en busca de la causa que origina este impedimento. Resumiéndolos, podríamos hablar de problemas auditivos que no registran el sonido correctamente o de problemas vocales para reproducirlos. En ambos casos hay un gran porcentaje de educación, aunque sin caer en la utopía de que todo el mundo es sensible a este cambio. Existe la posibilidad de que el niño sea lo que vulgarmente se llama «un negado» y ante esta evidencia hay que buscar qué dotes o facultades tiene como compensación natural, pues es bien cierto que todo ser humano sirve para algo y puede canalizar su expresión artística a través de la pintura, la literatura, la danza  o cualquier otra forma.

Los alumnos que más satisfacción aportan al profesor son los que empezaron con problemas y con el tiempo han ido corrigiendo y mejorando su sentido musical; no se trata de establecer marcas, ni de realizar comparaciones, pues cada cual debe compararse tan sólo consigo mismo en distintos espacios temporales de su vida.

Cuanto más pequeño es el niño, es más moldeable, y todavía no ha desarrollado completamente su estructura interna, con lo que puede aprender con más facilidad. Niños que comienzan a temprana edad, quitando excepciones drásticas, desarrollan una sensibilidad, un amor a la música y unas facultades rítmico-melódicas que, aplicadas a un instrumento, proporcionan inmensa satisfacción por sus buenos resultados.

Por último, no hay que olvidar que las leyes que presiden el desarrollo del lenguaje corriente y de la música son las mismas: primero se comienza por la audición e imitación de sonidos, de palabras, de frases y de expresión personal. Siguiendo el paralelismo, es incorrecto comenzar en la música aprendiendo su escritura, el solfeo (como si fuéramos adultos aprendiendo un idioma nuevo). La música es un lenguaje universal que debe aprenderse como el idioma natal, primero con canciones y audiciones, y cuando se vive de forma natural se puede entonces realizar la alfabetización.

El reto es apasionante y el trabajo se ve dificultado por esquemas rígidos referentes a la educación musical tradicional, pero el tiempo y los resultados irán hablando por sí mismos en el futuro.

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